A causa de un barco ebrio | Por Cecilia Durán

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Dicen que cuando alguien siente que está en peligro de perder la vida, una especie de película pasa delante de sus ojos y las escenas vividas confluyen en un segundo. Algo similar sucedió al momento de oír la detonación y ver los hilos de sangre escurrir por la mano. Las imágenes germinaron a borbotones atropellados. Los ánimos caldeados originados por la riña dieron pie al balazo y, en vez de ver la cara de azoro de Jean Arthur, veía las letras del poema: Al tiempo que bajaba por ríos impasibles… Todo era irracional, falto de lógica y serenidad. En el cerebro, todo era un martirio, un caos.

Las imágenes se iluminaban y difuminaban a gran velocidad, pero lograba identificarlas claramente, en tiempo, forma e intensidad. Era el verano de 1871, cuando el nombre de Paul Verlaine era conocido y la fortuna me sonreía de frente: prestigio poético, casado con Mathilde quien estaba a punto de darme un hijo, la vida fluía maravillosamente. Por azar, me topé con el trabajo de un desconocido que me resultó irresistible. Me pareció lógico invitarlo a París a pasar una temporada con nosotros. Los ojos azules, la cabellera despeinada, los modales poco refinados y esa forma de enfrentar la vida, en vez de resultarme poco apropiados, me resultaron extravagantes e incluso valientes. Me hechizaron. La gentil Matilde también se fascinó con ese joven poeta que entró en nuestras vidas en forma de torbellino.

Se difumina la sonrisa de Matilde y se transforma en una mueca iracunda. Gritos. ¿Qué haces?, ¿no te da vergüenza?, ¿con qué cara vas a ver a tu hijo?, Paul, no le pegues al niño. Los vapores del alcohol y la influencia de esas hierbas me mareaban. ¿Por qué mi mujer tiene la cara marcada? ¿Por qué lloras así Mathilde? ¡Calla a ese niño, no soporto sus lloriqueos! No logro contener los golpes. Donde tiñendo súbitos azules, desvario. Se fue, Mathilde se fue. Bendito sea Dios que se fue. Pero, tú… ¿Te marchas?, ¿también tú te vas? No, no, no puede haberse marchado. Vuelve, Jean Arthur, te ruego que vuelvas.

Vuelves. Somos Paul Valery y Jean Arthur Rimbaud que emprenden un rumbo errante por caminos de amistad y desparpajo, de ira y desenfreno, de contradicción y desencanto. Nos marchamos a compartir una vida juntos. Se escucha un ruego.  Es la imagen de Mathilde que suplica: regresa a mi lado. Titubeos. Esto no está bien. Debo volver a ellos. Tengo obligaciones que cumplir. Ser padre. Ser marido. Es lo que ha de ser. Sofocos. Es lo que quiero que sea. Cuando se acabó aquel ruido, a la par que mis hombres, me dejaron los Ríos marchar adonde quise. No, no es lo que quiero que sea.

Es 1873. Las lágrimas se secan. Ahora veo un pergamino, sé lo que contiene. Es el documento oficial de la separación que Mathilde solicita. La imagen es casi feliz. No me siento bien. Vuelta a casa de mis padres. seguidas de fiebres altas y debilidad extrema. Me sentí abandonado por los hombres…Delirios. Entre chapoteos de la mar encrespada… ¿Volviste? La mar bendijo mi despertar marino… Sí, Lo sabía, sin ti me muero. Más dulce que las manzanillas agrias… Otra separación, me voy, tengo que ir a Roche a seguir escribiendo. Búscame cuando hayas sanado. Desde entonces, bogo inmerso en el Poema.

Caminos divergentes, uno lleva a París, el otro a Bruselas. Jean Arthur se dirige a la Ciudad Luz. Soy un Paul Verlaine que va tratar de congraciarse con su mujer y recuperar a su hijo. Imposible. Hay puertas que no se abren jamás. Sé de cielos que rompen rayos, y de trombas. Resacas y corrientes, se también de ocaso. Te necesito a mi lado. No te vayas a París. No. Quédate, por favor. No, debo irme.  El arma toma un lugar protagónico en la escena. No hay palabras, ni vista, todo se nubla. Una detonación. Hilos rojos manchan la mano amada.

¿Cómo no ver tantas escenas en cuestión de un segundo, si sientes que la vida se te va en un vilo? ¿Cómo evitarlo si fuiste tú mismo la ocasión que propició el peligro a los días que son más amados que los propios? Paul Verlaine, suelta el arma. Yo detoné la pistola. Jean Arthur está herido. Convergen ahí: donde hay soles de plata, heleros, alas de nacar, cielos de brasa…, donde un Leviatán entre aulagas se pudre.

Se fue.

Así, la marca histórica de la separación definitiva se abre paso. A veces, el mártir harto de polos y zonas, la mar suaviza con un sollozo el vaivén que columpia en sus riberas de guano. Libre, humeante, envuelto en brumazón violeta. Yo, que horadaba el cielo rojizo, como un muro que sostiene, por el poeta, los líquenes de sol…

 

-Cecilia Durán Mena

@CecyDuranMena

#LasVentanasDeCeciliaDuran

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