Buñuelos de viento | Por Cecilia Durán

Hay recetas que evocan ciertas épocas de la vida, que vienen perfumadas con aromas de personas que formaron parte de nuestra historia. Para mí, los buñuelos de viento despiertan esa añoranza latente de tener a mi Mami Lolita al lado. Las abuelas de esos tiempos marcaron recuerdos a través de sus recetas y de las aventuras que se pergeñaban entre las mesas de trabajo de sus cocinas y las estufas. También de las travesuras que se nos ocurrían.

El buñuelo de viento mexicano tiene características que lo hacen único, se prepara con harina de maíz y se perfuma con un toque de licor de anís. Así lo hacía ella. Son diferentes a los que llegaron de la tradición española. Aquellos son formas redondas de apenas tres centímetros que pueden hacerse a mano o usando dos cucharas. Parecen albóndigas,  decía mi abuela y arrugaba la nariz. Los mexicanos, en cambio, tienen figuras, parecen flores de Navidad y, con esta declaración contundente, elevaba la condición de la tradición nacional por encima de cualquiera.

Los buñuelos son una costumbre de las más arraigadas para las fiestas decembrinas. Es tan antigua y tan atesorada que en el recetario de Sor Juana Inés de la Cruz figuran en forma principal. En la época del virreinato se conocían como pañuelos y se preparaban aplastando la masa con los nudillos del puño para darles consistencia.

Dicen que estas crujientes formas azucaradas no son un legado español, son una herencia mozárabe y que ellos las rellenaban de crema o requesón. En México, la cocina novohispánica prefirió dejarlas sin relleno y espolvorearlas de canela y azúcar. Algunos recetarios del siglo XVIII, como el del Padre Ávila Blancas dan cuenta de fórmulas hechas con harina de arroz, de pulque o de leche. La intención era formar una tostada que tuviera forma de Nochebuena.

Los buñuelos de viento forman parte del acervo gastronómico de la mayoría de las regiones de México. Cada uno lo adereza de formas diferentes. En Veracruz, por ejemplo, se suelen acompañar con piña, arroz y algunos hasta le agregan jaiba. En Michoacán, se acompaña con atole insípido para no empalagar la lengua. En Oaxaca, se fríen con manteca, se sirven en hojas de maíz secas y se espolvorean con azúcar coloreada.

En los pueblos, es común ver a mujeres sentadas junto al anafre que ofrecen enormes formas crujientes que se bañan con el elixir que bulle en la cazuela de barro y suelta olores a piloncillo, canela, guayaba y tejocotes.  Pero mi abuela era muy clara, para ella los buñuelos de viento eran los que tenían forma de Nochebuena.

Una vez, Mariquilla, la nana que me cuidó de chica, nos contó que en su pueblo los buñuelos de viento eran un signo de esperanza. La costumbre era pedir un deseo al empezar a comérselo  y que al terminar, el plato en el que fue servido, debía ser estrellado contra el piso. Si el plato se hace añicos, el deseo será concedido, si no, no.

A mi abuela, evidentemente, esa tradición  no le gustaba nada. A los chicos, en cambio nos encantaba. Nos hacía una gracia tremenda romper en mil pedazos los platos y esperar a que el Niño Dios nos dejara junto al Pesebre lo que habíamos deseado o a que  los Reyes Magos nos concedieran lo que habíamos pedido. Como la abuela no nos dejaba romper nada, nos fuimos a casa de su hermana. Lo que no nos gustó tanto fue el castigo impuesto después de que rompimos los platos de la vajilla china de la Tía Nena. Nos mandaron al rincón después de que barrimos hasta la última brizna de porcelana que quedó en el patio de atrás. Tampoco nos gustó tener que abonar los domingos hasta que quedara salvada la deuda de los platos.

Al año siguiente, mi Mami Lolita nos compró platos de barro en el mercado y entonces sí, hasta ella se puso a romperlos, muerta de risa. Casi puedo escuchar sus risas. Hay recetas que evocan ciertas épocas de la vida, que vienen perfumadas con aromas de personas que formaron parte de nuestra historia, para mí, los buñuelos de vientos de la época decembrina, me traen la presencia de mi querida abuela materna.

 

-Cecilia Durán Mena

@CecyDuranMena

#LasVentanasDeCeciliaDuran

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