El brinco del diablo | Por Javier Ortiz Rojas

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Primero don Edmundo M. Flores, después don José Gómez Rogil y luego en forma sintética, don Manuel Ayala Tejeda nos relatan la sorprendente tradición de la aparición del diabólico charro que en fantasmagórica noche fue a visitar a la hermosa vecina del callejón de «La Huaca» que después se llamaría «El Brinco del Diablo».

Se haya llamado Raquel o Rosita, la hermosa de esta espeluznante conseja y el apuesto elegante y gallardo charro se haya apellidado Ruiz o no, y el beso maléfico haya sido en la mejilla o en la mano, lo cierto es que esta calleja tiene un especial atractivo en la imaginación de los piedadenses que guardan en la memoria la historia de la horrenda experiencia vivida por la bella y el bellaco, en aquellos años de leyenda en que las sombras de la noche negra poblaban los rincones de espíritus infernales, de malignos espantos, de sonidos escalofriantes, y de fétidos olores que producen los más encontrados y terribles sentimientos.

También es cierto que el despeñadero lleno de accidentes mil por donde, según se cuenta, despareció el apuesto charro satánico después de besar a la beldad, era producto de la extracción de la preciosa cantera con que se labró la elegante torre oriente del Santuario de Guadalupe.

La legendaria vis ha sido objeto de la curiosidad de los habitantes del terruño desde tiempos pasados, su anterior fisonomía le daba, en las oscuras noches, un siniestro aspecto bajo la luna menguante, el imponente silencio, su piso empedrado y las altas paredes de adobe de las viejas construcciones con sus inclinados tejados y en el fondo recortada en las sombras la silueta de las torres del Santuario.

Don Manuel Ayala Tejeda escribió estos versos, en jovial soneto, sobre esta interesante rúa:

 

CALLEJÓN DEL BRINCO DEL DIABLO

En este callejón, -San Miguel me asista-

En truculento y fantasmal pasado

Esto sucedió, muy endemoniado,

Según el pueblo, su mejor cronista

En noche mala y hora no previstas

Llegó furtivamente el Gran Malvado,

Sacando chispas en el empedrado

Y, dando un brinco, se perdió de vista

Di: ¿viniste a brincar solo por gusto

a llevarte alguna ánima bendita

o a darle, por sus cuernos, fiero susto?

¡No! -gruñó con satánica risa-.

Inspector soy de este poblado augusto

Y si hay basura… ¡repito la basura!

 

La preciosa traza de esta tradicional vía ha sido modificada en aras del progreso, ahora se llama «Simón Bolívar», ha perdido su añejo encanto. Ya no transitan por ahí los arrieros con sus mercaderías, tampoco se conservan las antiguas casonas de adobe, cantera y teja, con sus puertas de madera, con sus patios y sus floridas macetas, ni su arroyo empedrado y sus angostas banquetas, todo es nostalgia, es leyenda, es recuerdo.

También se ha ido perdiendo la tradición oral de la historia, poco a poco va despareciendo y se va hundiendo en el abismo de la nada, el olvido lo va cubriendo todo con su flor agónica, el tiempo va borrando esas imaginaciones fantásticas, curiosas y sorprendentes.

 

-Javier Ortiz Rojas

#Remembranzas

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