Estela Canto: El otoño de nuevo se ha fugado | Por Omar González

Serena,

la eternidad espera en la encrucijada de estrellas.

Jorge Luis Borges, Un patio.

 

 

El otoño es puntual. Cada año anuncia su llegada antecedida por los estertores hirvientes del verano que se va; con el líquido alud que escapa de los cántaros rotos inundando la ciudad de aguas estancadas con sus rituales de vapor y humedad, heraldos del viento que vendrá puntual e insumiso.

 

Luego, cuando a mediados de septiembre el viento baje del este y gire a contramano en las esquinas barriéndolas con hojas que imitan el ocre desvaído  y el ictérico envés de las hojas muertas, volverá a sonar en la copa de los árboles una música atrozmente melancólica y será de nuevo tiempo propicio para volver a pensar en Estela Canto.

 

¿Quién eres tú Estela Canto? Soy una desclasada, si le preguntas a Leonor Acevedo; soy la mujer que leyó al aire, en la radio, obviando las efemérides del día de la fecha, Un patio; soy la hermana de Patricio Canto y soy quien habrá de esperar, entre tragos de whisky, su propia muerte… Mi último ejercicio de libertad.

 

Soy la mujer que ganó dos premios literarios con un mismo libro y la escritora que frecuentaba, más por mi hermano que por mí misma, la casa de los Bioy: Adolfo y Silvina. Soy la autora a la que presentó con toda su autoridad Victoria Ocampo y también la mujer que no le terminó nunca de agradar. Soy una mujer que debe ser olvidada.

 

Soy la destinataria del Aleph, su inspiradora, su recipiendaria y su vendedora;  soy, sin duda,  Beatriz Viterbo y estoy muerta desde “La candente mañana de febrero… [en que] después de una imperiosa agonía que no se rebajó ni un solo día al sentimentalismo ni al miedo… [alguien notó que] habían renovado no sé qué aviso de cigarrillos rubios…”.

 

Dicen también que soy una filocomunista; que he bailado por pieza en dos o tres ocasiones con algunos hombres que, aseguran, habrían querido intimar conmigo algo más que sus torpes pasos en un bolero, un tango, un pasodoble.

 

Soy también una mujer que camina por esta ciudad de largas avenidas y calles mal iluminadas; la misma ciudad de parques, tranvías y esquinas chatas; esta ciudad de barrios, parras serenas y aljibes que a veces brindan una media sombra sobre patios silenciosos, inertes, vacíos. Soy historia, suma de instantes, el instante mismo, el haz y el envés; la voz y el silencio. Soy historia. Y también olvido.

 

Soy una mujer que ve películas rusas y que habla inglés, soy una traductora impecable; que lo mismo puede beber un Campari que un té; que usa modestos trajes sastre; soy una mujer de huesos frágiles, soy una mujer que puede sentir frío; desear, amar y arder en llamas. Puedo ser deseada y amada; la mujer que puede inspirar a un hombre, incluso al más torpe, al menos experimentado; al más terrenal y al mayor de los místicos. Soy liberal, discípula de Shaw. Soy virtud, soy pecado.

 

Soy la mujer que morirá un sábado lluvioso; la que abrigará en sus ojos un brillo lejano; soy las manos que mueven el caleidoscopio; las manos que escriben, el cuerpo que ama. Soy este cigarrillo que se consume y el licor de malta o madera que devasta mi esófago. Soy la mujer que amó a un espía y a la que amó el escritor de letra menuda que siempre tenía un pañuelo en su diestra y una cita en los labios. Soy Estela Canto, soy escritora. Fui historia, soy olvido. Soy Mujer.

 

El otoño es puntual. El viento se cuela por la rendija de una ventana mal cerrada y la lluvia se instala en infinitos charcos frente el ventanal abierto de par en par.

 

La mujer de huesos frágiles y hombros aristocráticos apenas tocados por la noche absoluta de su cabello pide otro whisky. De la copa de los árboles se desprende la voz atrozmente melancólica de Ella Fitzgerald.

 

Recostada sobre el sofá ajado, Estela Canto recupera su sonrisa de Gioconda y el movimiento preciso del caballo sobre el tablero de ajedrez; trazada su efigie  por la media luz de una lámpara imprecisa, pide, con voz lejana, sedosa, tibia como una caricia: Dime más de mí, dime más de la Estela Canto que fui; cuéntame más… No quiero ser historia… No quiero ser olvido…  La abrazo. La voz de Ella se vierte en Misty y nos envuelve. La luna corona nuestros pasos… Bailamos unánimes y  melancólicos… El otoño de nuevo se ha fugado.

 

Omar González

El autor es profesor de Historia del derecho y lector irredento.

@Pagina23Anaquel

#Anaquel

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