Federico Gamboa y otras vidas | Por Omar González

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Testigo infatigable de su tiempo, Federico Gamboa es el autor que mejor compendia en su obra la imagen del siglo XIX mexicano. El retratista de un país que avanzaba hacia el fin de sus años de paz porfiriana e imitado boato europeo; una generación de familias empeñadas en abandonar el ethos patrio y un régimen obsesionado con el orden, el progreso y la paz.

Gamboa alcanzó rango de subsecretario de Relaciones Exteriores cuando corría ya el último tramo de gobierno de Porfirio Díaz. Había nacido en 1864. En 1867 es un niño de tres años que no sabe que es a un tiempo sobrino del hombre que nueve años después buscará sin éxito alcanzar la presidencia de la república y por ende, adversario del personaje con quien alcance la certidumbre que su vocación literaria demandará.

Hijo del general Manuel Gamboa que hizo armas a favor del imperio como antes por la república en la batalla de La Angostura, éste logra emplearse en una empresa ferroviaria a la hora de la derrota. Por sus innegables capacidades como constructor don Manuel es destinado a Nueva York donde Federico aprenderá inglés. Luego dominará el francés acorde al canon de la época.

Sobrino de José María Iglesias -éste y la madre de Gamboa, Lugarda, eran hermanos- Federico fatiga los estudios jurisprudenciales; antes de cumplir los treinta años publica unas tempranas mas no precoces memorias.

Logrado su ingreso al Ministerio de Relaciones Exteriores, sin más apetencia que la de del tiempo y la holgura presupuestal, Gamboa se convierte en un activo diplomático lo mismo en Latinoamérica que en Europa.

Como escritor, ejerce como conocedor y rehén de las pasiones humanas. Se convierte así en el transcriptor de las experiencias de una sociedad que se refugia en salones privados o en ligeros carruajes disfruta del goce eléctrico de los cuerpos que ejercen sus pasiones por el antiguo paseo de los emperadores. No era ajeno Gamboa a estas experiencias. Pájaro de cuenta le llamaba más de uno.

Lo nombra también así Cordelia Godoy la joven viuda en cuyas cimas se despeñarán el propio Gamboa, Arnulfo Arroyo y Eduardo Velásquez; ella misma hilo conductor desde la ficción libresca y la película que lo recrea. ¿Más de dónde viene la trama que une estos nombres? El laberinto de estas vidas donde se entremezclan ficción y realidad y la forma en que caen en sus abismos es comprensible a partir de: Recordatorio de Federico Gamboa y Expediente del Atentado, textos provenientes de la prosa –elegante a más no poder— de Álvaro Uribe (México, 1953).

Como complemento a este par de libros, una película traslada el segundo de los textos al cine: El Atentado, filme realizado por Jorge Fons con guion de Vicente Leñero. Debemos a Uribe la mejor de las ficciones sobre el conjunto de actos, omisiones y derrotas de Gamboa, Arroyo y Velásquez y la mejor concatenación de la ficción con la elegancia en Expediente del Atentado y Recordatorio de Federico Gamboa; el retrato de una época y de una mujer –Cordelia Godoy—quien reclama con derecho de personaje un autor y existir más allá del argumento de la película de Fons y el texto de Uribe; de la inmediatez de este texto y el recuerdo de las vidas de Gamboa, Arroyo y Velásquez, cuya rotundidad reclama la demorada lectura de los libros aquí esbozados.

 

-Omar González

El autor es profesor de Historia del derecho y lector irredento.

@Pagina23Anaquel

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