Fósforo | Por Cecilia Durán Mena

Era el verano de 1915, dos amigos salen del cine que está por los rumbos de la Puerta del Sol. Están lejos de casa, viven una especie de exilio en Madrid. Caminan uno al lado del otro, en silencio, con dirección al Café Gijón que está en la Calle de Recoletos. Al llegar, son recibidos como cualquier par de parroquianos, les asignan una mesa. Al sentarse, en medio del rumor de las conversaciones animadas que sostienen los asistentes al lugar, rodeados por una nube de humo y a los aromas a tabaco oscuro a cafés expreso y cortados, comienzan a compartir opiniones sobre lo que vieron en la pantalla grande.

Esos amigos que se confundían entre los madrileños, eran nada más y nada menos que Alfonso Reyes Ochoa y Martín Luis Guzmán. Ahí, al alimón, construirían los cimientos de la crítica de cine en castellano. La experiencia cinemática corría por los senderos de la novedad y estos celebres amigos se cuestionaban si estaban frente a un fenómeno de entretenimiento, a una curiosidad técnica o al nacimiento de una forma novedosa de hacer arte. La cabeza se les llenaba de ideas que querían derramar en renglones para dar su opinión.

Así, nació una sección que se llamaba Frente a la pantalla que primero fue publicada en el Semanario de España y más tarde se mudaría a las páginas de El Imparcial, diario que dirigía José Ortega y Gasset y que terminaría en la Revista general editada por Calleja. Frente a la Pantalla era firmada por Fósforo, pseudónimo que utilizaron Reyes y Guzmán para poder redactar, una vez uno y otra el otro, sus críticas de este fenómeno que en aquellos años no sabían muy bien a dónde se dirigía y mucho menos cuál sería su destino.

Frente a la pantalla de Fósforo resulta una novedad para los lectores de ese tiempo y una joya heredada para los que hoy la podemos leer. Era una columna semanal única, pues en aquellos años no se ejercía crítica de cine. La riqueza de los escritos de Reyes y de Guzmán nos adentran con los ojos de aquellos tiempos, en la novedad que experimentaron estos mexicanos que estaban lejos de su Patria, frente a un prodigio que, por la inmediatez, era tan difícil de definir y más complicado de criticar. Asimismo, le permiten al lector experimentar la emoción que representaba ir al cine.

Para Fósforo, el cine es una ilusión de contrastes, es un juego de luces y oscuridades, de pantallas que reflejan el drama y la ilusión de la vida. Frente a la pantalla creó una especie de hambre entre los lectores que esperaban el escrito publicado para averiguar si lo visto en el cine había causado gusto o disgusto. Leer la crítica de Fósforo era entender las preferencias, analizar a los personajes y enterarse de las simpatías y oposiciones frente a una película. Era la visión del cine silente el que fue contemplado por Fósforo.

Fósforo invertía las palabras para hablar del cine mudo, para describir el ejercicio de la mímica que escenificaban los actores, para contar sobre el juego de luces y elecciones de los camarógrafos, para entender las prácticas de Abel Gance o del mismísimo Charles Chaplin. Fósforo inventa una nueva forma de usar la palabra: la crítica de cine para los que hablan español. Con ese destino manifiesto de constituirse como un género en prosa que se dedicará a reseñar lo que se muestra en la penumbra que resalta la pantalla, Reyes y Guzmán vencen el reto de la hoja en blanco.

Fósforo enciende el camino de las primeras críticas cinematográficas y usan la misma técnica que se usaba para reseñar un cuadro. En su columna disertaban sobre lo que podía considerarse como cinemático con una estructura formal. Estallaban contra esos artículos de la prensa rosa que usaban palabras tan comunes y que reducían a las películas a temas de chismes, a cuitas melancólicas o de cotilleo de mal de amores entre los protagonistas. Guzmán y Reyes apostaron por explotar los materiales y por entender la historia futura de esta novedosa forma de hacer arte.

Reyes y Guzmán con Fósforo nos heredan, en muchos sentidos, la conciencia de un mundo que hoy podemos ver a lo lejos. Encienden en nosotros una llama que se apagó cuando el cine se sonorizó, progresó y dio los pasos para ser lo que hoy conocemos. Desde una firma que no revelaba sus nombres, dejaron testimonio de un signo de la Historia. Compartimos el anhelo por ir a formarse a la fila de la taquilla para no quedarse sin boleto, para no perderse la experiencia vibrante de esa luz reflejada en la pantalla, mientras los demás la observan en penumbras. Nos heredan una flama que hace tiempo ya se apagó.

 

Cecilia Durán Mena

@CecyDuranMena

#LasVentanasDeCeciliaDuran

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