Holograma | Por Andrea Fischer

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Cada cierto tiempo, Cinemex se ha dado a la tarea de presentar ante el público ciclos de cine de diferentes países. Esto es: una serie de películas que se recolectan del acervo más reciente del extranjero, y que se alejan de las producciones comerciales que vienen de Estados Unidos. Esta dinámica ha tenido éxito entre los amantes del cine de arte, y se ha fomentado entre los jóvenes como una actividad enriquecedora, bien seleccionada y de calidad, que podría, al menos, aportarles algo a su cultura general.

Suecos, franceses, alemanes ―Chaplin mismo tuvo lugar especial en estos ciclos, y la crítica trató bien a la selección de películas que se habían elegido hasta el momento para cada nacionalidad. En verdad se promovía como un espacio cuidado en el que la gente iba a apreciar, y no necesariamente a ver. Con esta reputación, la gente interesada va con ánimo de encontrar una perspectiva alternativa: algo que se salga de la gama siempre conveniente del cine norteamericano, que tendrá la eterna garantía de entretener.

Con este espíritu es que uno se acerca a este tipo de espacios, que dan un respiro de lo cotidiano y apacible: de todo lo que se compra, se consume, pero que no implica una apreciación distinta o una experiencia más sutil. Así es como el ciclo de cine japonés de Cinemex parecía prometedor, una buena idea. El contexto general de esta idea bien desarrollada invitaba a, por lo menos, darle una oportunidad a las producciones que se hacen más allá de Occidente, que resultan ajenas, y que predisponen al espectador interesado a una experiencia estética llevada a cabo en un contexto alejado a la cotidianidad.

La primera película del ciclo abre de la siguiente manera: dos muchachas jóvenes bailan al lado de una chica animé de holograma en un escenario. El auditorio está lleno y a oscuras, y la única certeza de presencias humanas está en el ruido que hacen al imitar la canción que suena y las siluetas de las manos que siguen el ritmo, alzadas. Las chicas japonesas no paran de moverse, están fuertes y esbeltas, y no dejan de lucir una sonrisa sostenida que parece que va a romperse. En medio de ellas sigue la imagen del animé, que cada vez más parece dirigir el espectáculo.

Termina la canción y las jóvenes desaparecen. La sala está en perfecta oscuridad, a excepción del juego de luces que sigue mostrando al animé sonriente, que finalmente se presenta: es IA, y vino esta noche a cantarles sus más recientes éxitos. A esto le sigue una ovación. La caricatura se ríe, los invita a seguir la fiesta, y uno se queda pensando si se trata de una broma de mal gusto. Resulta que el personaje animado no era parte de un juego de luces, ni un detalle impresionantemente hecho que acompañase a las chicas que estaban en el escenario.

No. La gente estaba ahí reunida para aclamar al producto de una computadora, que les da un espectáculo, junto con personas reales que la acompañan, que complementan su show, y que son elementos decorativos que se añaden a una imagen holográfica. Después de que uno entiende que ha pagado por ver el video de un concierto de un holograma, decide con indignación y tristeza dejarse caer en las manos de Hollywood, pensando en el desatino mayúsculo de mostrar, como ejemplo máximo del cine japonés de la actualidad, el espectáculo de un holograma que sabe bailar, cantar y que agradece la presencia de sus fanáticos en un concierto que no tiene sentido.

 

-Andrea Fischer

@andreafis

#PajarosDeTinta

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