La Callerosa de Chimalhuacán

 

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Es gorda pero muy ágil. Ha de tener unos cuarenta y cinco años pero se ve más vieja. Es muy desarreglada. Se viste como hombre. No lleva una gota de maquillaje. Usa el pelo recogido en una cola de caballo muy restirada que le llega a media espalda. Tiene la cara redonda y los dientes separados, se le ven las encías. Huele a sucio. Ataca a navaja. Se acerca a sus víctimas por la espalda, las sujeta con la mano derecha y con la zurda les corta el cuello. La voz apasionada de mi nana suena cascada aunque llena de pasión.

Le encanta andar asustándonos con esas historias negras y yo siempre me tragaba el anzuelo. Yo era su mejor víctima y su cliente más asidua para esos cuentos de terror. Siempre me espanta con cuentillos de víboras que salen en el jardín, de bichos venenosísimos que se anidan en los rincones de la alacena y de cara de niños enormes que ha tenido que matar mientras está planchando.

Cuando era chica, me acostumbró a inspeccionar las sábanas para verificar que no hubiera alguno de esos monstruos de los que ella hablaba. Herminia, deje de asustar a la niña, le decía mi madre. Pero mi nana no le hacía caso. Con ojos desorbitados y a la luz tenue de la lamparita del buró, después de hacernos rezar las oraciones nocturnas, empezaba con las leyendas del cocodrilo que vivía en los cimientos de la iglesia de su pueblo, del sacerdote sin cabeza que se sentaba en el confesionario o de las ahorcadas que habían aventado al río por ser niñas mal portadas que no recogían los juguetes y tenían tirado su cuarto.

Por eso, las historias de la nana Herminia siempre me han impresionado. Mientras pela las papas para la sopa y mueve el cuchillo con agilidad sin rebanarse los dedos chatos y gordos, sonríe y me ve de soslayo. Le dicen La Callerosa y anda degollando gente por allá por Chimalhuacán. ¡Ay, nana! ¿Cómo crees? No, es en serio. Ya lleva tiempo matando inocentes, pero entre el 14 y el 18 de septiembre asesinó a dos mujeres y dejó muy malheridas a cinco personas. Verdad de Dios, mi niña. Hizo la señal de la cruz con el pulgar y el índice de la mano derecha, se la llevo a los labios y la besó como para indicar el grado de verdad de sus palabras.

Uno de los heridos es Antonio Soto, es vecino de mis hermanos. Tiene cuarenta y tres años. Es un hombrotón fuerte, así de grande. Y para mostrarme las dimensiones elevaba el brazo izquierdo y con el cuchillo en la mano hace pequeños giros. El Toño andaba caminando tan campante por la calle rumbo a su trabajo y vio una persona que se dirigía a él. Al principio no sabía si era hombre o mujer. Le pareció sospechoso pero no se decidió a darle la vuelta o a bajarse de la banqueta para que no dijeran que era un pollote cobarde, pero sí se le puso la carne de gallina.

A unos metros de encontrarse, la perdió de vista. La muy desgraciada se escondió detrás de la pick-up de la Susaneja. El Toño la buscó con la mirada. La Callerosa le salió por el otro lado, le puso un cuchillo en el cuello y le dijo, ora sí, ya te llevó. El Toño le dio un manotazo. Se miró la mano, la tenía ensopada de sangre y luego la miró a ella. La quiso jalar de la cola de caballo, pero la vieja ya había salido corriendo.

¡Ay, nana! ¿Y no se fue corriendo detrás de ella?

Los ojos de Herminia centellearon. ¿Cómo crees, niña? El Toño estaba mal herido. Le faltó resuello. La Callerosa sí le alcanzó a dar un buen piquete. ¡Qué piquete! Le sacó una buena tajada en la garganta. Dijo y puso el brazo regordete en escuadra, apuntando con el cuchillo a su propio cuello y movía la mano ejemplificando la acción.

Nana, mejor no hables de bulto, no te vayas a lastimar.

La cabeza cuadrada de la nana se agitaba de un lado al otro y los chinos que antes eran negros y hoy más bien se veían entrecanos enmarcaban una expresión casi estática, como llena de placer y de alarma a un tiempo.  Luego, con el cuchillo todavía manchado de sangre, La Callerosa intentó matar al Beto Pichardo.

No inventes, nana.

Deveritas, niña. El Beto Pichardo es un hojalatero que tiene su taller junto a la tienda de la esquina. El pobre es muy buen hijo. Salió a comprarle la cena a su mamá que estaba en la cama malísima de la gripa. Al pobre del Beto le fue peor que al Toño. Lo acuchilleo en el abdomen, le perforó los brazos y también le acertó al cuello. La Callerosa pensó que lo había dejado bien muerto y salió corriendo, dejando un rastro de gotas de sangre en la banqueta.

El pobre muchacho se fue arrastrando a su casa. Aporreó la puerta de su casa. Una de las hermanas, a esa a la que le dicen la Picha, abrió la ventana y se lo encontró mudo, desangrado. Se lo llevaron a las carreras al hospital. Llegó muy grave, pero gracias a Dios, ya está estable.

¿Oye, nana? A lo mejor es un hombre vestido de mujer, ¿no?

No. No creo. Dice y se chupa el diente de oro que tiene junto al colmillo izquierdo. Se talla la barbilla y niega. No creo, El Toño, La Picha y El Beto dicen que es una mujer. Por ahí dicen, y Herminia baja la voz como si tuviera miedo de que la fueran a escuchar, que es una mujer a la que le mataron a un hijo o se lo robaron. No se sabe. Dicen que es una quedadita que se dio su permisito y le hicieron un hijito. Luego le vino la de malas. Otros dicen que es una de esas mujeres a las que no les gustan los hombres y que unos maloras se pasaron de listos con ella y ahora anda buscando venganza.

¡Ay, nana! Yo creo que eso son puras mentiras.

No. Mira, ya ves que mi sobrino, el hijo de Eustacia anda manejando un colectivo. Dice que La Callerosa anda desatada. El otro día cuando acabó la jornada y llevó la unidad a estacionar a la base de servicio, se levantó y se puso a recorrer el pasillo para ver que nadie hubiera dejado nada, y todo eso. En el asiento de atrás se encontró a una pasajera medio muerta. Rosario Laureano, de cuarenta años. Esa sí se la enfrió La Callerosa, la pobre se murió de camino al hospital. Dicen que también se echó a una jovencita de dieciséis años que se llamaba Branda Mondragón. Esta fue la peor. La degolló en la calle, frente a su madre. Se les apareció así de la nada, le cortó el cuello y se escapó sin que les diera tiempo de reaccionar.

¿Y la gente, nana, no hizo nada? No te lo puedo creer. A mí se me hace que son puros cuentos para asustar a la gente de Chimalhuacán.

Eso dice el presidente municipal, que son puros chismes de la gente, que son inventos para echarle a perder el trabajo político. Pero no, niña. Verdad de Dios que sí existe. Lo malo es la gente como tú que no creen, que ven con esos ojitos de descreídos y luego por eso pasan las cosas.

¿A poco tú te crees esas historias?

¿Tú no? Más vale que te las creas. No tardan en agarrar a esa gorda maldita, ya verás. Ya está haciendo estupideces. Dice La Picha que está muy enterada y anda muy interesada en resolver el caso de su hermano que asesina de Chimalhuacán ya anda fallando, que la última víctima le dio un codazo en la nariz, desvió la cuchillada y logró escapar. En la trifulca, La Callerosa dejó una pista. Una cuchilla en el suelo que está llena de sangre. ¡Ándale, para que se te quite lo descreída!

La nana se ríe y agita todo el cuerpo mientras sigue mondando las papas para la sopa. La hoja del cuchillo sube y baja sobre la superficie del tubérculo, me mira y sabe que ya me atrapó. No sé si los cuentos de la nana Herminia son leyendas o son hechos reales. Lo que sí es cierto es que seguro hoy tengo pesadillas

 

-Cecilia Durán Mena

@CecyDuranMena

#LasVentanasDeCeciliaDuran

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