La Cicatriz y la Herida | Por Omar González

No hay vida sin vacíos. Nadie en sus cabales podría afirmarlo pues la felicidad completa o la vida sin vacíos es una estupidez y no existe ni en las mentes infantiles. Sería esa una vida con ausencia total de emociones, sueños, pretensiones; esa zona huérfana de ilusiones que a veces llamamos “de confort”.

¿Qué es lo que hace que un joven empresario que vive bien, que es dueño de dos bares redituables, con una vida y una familia descubra de pronto que nada de eso lo colma, que nada de eso lo pone en condición de felicidad? ¿Qué es lo que le hará pensar que esa aparente zona de confort no existe?

Un poco antes de cumplir los 37 años, Hajime es alcanzado por los recuerdos vitales de un pasado con nombre y formas de mujer: Shimamoto, una belleza casi mística que hace veinte años Hajime ha dejado de ver hasta justo hasta la noche del día en que ella visita uno de los clubes de jazz que le permiten a Hajime vivir con la holgura propia de un joven empresario que, meticuloso, revisa cotidianamente el éxito de sus empresas, siempre novedosas en sí mismas, llenas de noches irrepetibles como solamente un buen concierto de jazz lo puede ser salvo en la reiterada interpretación de Star-Crossed Lovers y la melancólica sonoridad de un sax que triste rasga la noche de la misma manera en que Shimamoto rasgará de nuevo y esta vez para siempre la vida de Hajime.

Hijo único igual que Shimamoto, Hajime crecerá en un Japón donde los vestigios de la segunda gran guerra van cediendo el paso a una pujante civilización cuyo pulso vital sólo es medible a partir de su expansión urbana; de la colonización de predios pauperizados que cederán su imagen ante la acumulación de enclaves inmobiliarios tocados por el signo de la modernidad, esa extraña forma civilizatoria representada por edificios como rascacielos, autos de lujo, plazas comerciales, amplias avenidas llenas de vehículos cuyas marcas requieren de millones de yenes para su adquisición, uso, mantenimiento.

Pero es también una novela sobre la pérdida y la devastación y  la fragilidad de vidas incompletas, inconexas e irredimibles; sumidas en el vértigo de la más completa de las tristezas a causa precisamente de la más absoluta orfandad; de esa incapacidad y esa falta de oportunidad para tener, encontrar, conservar; el extraño magnetismo que solamente la más completa de las afinidades puede generar para no vivir una vida vacía, inconexa, incompleta, carente de motivaciones.

Dispuesto a pagar el alto precio de dejar todo para a su vez recuperarlo todo, Hajime se despeña durante meses en el recuerdo inasible de ese cuerpo ávido de sensaciones que responde al nombre de Shimamoto; más para tenerla realmente Hajime deberá cargar con todo el peso de Shimamoto: su pasado, sus pérdidas, su dolor, sus propios vacíos, esos que sólo Hajime podría colmar y soportar de la misma manera en que sólo Shimamoto podría entender, colmar y soportar los de Hajime.

Si en “Tokio Blues” la magia está en los recuerdos y en “Baila, Baila, Baila”  reside la idea de la búsqueda como movimiento continuo hacia el hallazgo de lo fundamental, en “Al Sur de la frontera, al oeste del sol”,  la clave está en entender la vida como un jazz melancólico y profundo, cuya estirpe tribal nos llama una y otra vez al imantado influjo de las notas de Duke Ellington y la voz suave de Nat King Cole cantando “Pretend”:

Pretend you’re happy when you’re blue
It isn’t very hard to do
And you’ll find happiness without an end
Whenever you pretend
Remember anyone can dream
And nothing’s bad as it may seem
The little things you haven’t got
Could be a lot if you pretend
You’ll find a love you can share
One you can call all your own
Just close your eyes, she’ll be there
You’ll never be alone
And if you sing this melody
You’ll be pretending just like me
The world is mine, it can be yours, my friend
So why don’t you pretend?

Porque incluso, sea al sur de la frontera, sea al oeste del sol o en la histeria siberiana, siempre habrá vidas vacías, inconexas, lejanas, perdidas y recuperadas; dos vidas unidas por un improbable “quizás”, por una incuantificable “larga temporada”, en medio de la lluvia, el sol, el frío, la noche o el día; en el vértigo de las horas y el silencioso tránsito de las nubes cuyo fin no puede ser otro salvo el de transitar ida y vuelta por todos los cielos acompañadas del melancólico soundtrack de esta novela de personajes devastados, de vidas inconexas, carentes de cualquier posibilidad de permanencia.

Acaso porque sólo las vidas vacías, estúpida e infelizmente vacías, son las únicas vidas posibles en un mundo donde a la mano del éxito, no va nunca un amor total, mágico, vestal, inaccesible que se quisiera alcanzar al menos una noche del mismo modo entregado y total de Hajime y Shimamoto, y entonces volver a empezar para tejer verdades y no ficción aunque aquéllas no existan y ésta sea el único refugio de las vidas vacías, devastadas, infelices en su orfandad. (Haruki Murakami, “Al Sur de la frontera, al oeste del Sol”, Tusquets, México, 2011, 266 pp.).

 

Omar González

El autor es profesor de Historia del derecho y lector irredento.

@Pagina23Anaquel

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