Leyenda de la Cueva de la Poblana

CUEVA DE LA POBLANALos abuelos contaban que en el valle de Yurécuaro existió en el tiempo de La Colonia, un bandido llamado Juan Rentería al que apodaban El Poblano, por haber vendido de Puebla. Era el jefe de una gavilla de forajidos que asaltaban continuamente a los pobladores; cuentan que el producto de esos robos era llevado a una cueva que se localiza en lo alto del cerro Cabrero, cerca de donde nace el arroyo de Los Cerezos. Según la leyenda, la cueva era custodiada por la mujer de Juan Rentería, a quien también apodaban La Poblana.

La muerte del forajido fue todo un misterio, unos dicen que murió contagiado por la peste; otros decían que se ahorcó por un sacrilegio cometido, o que se fue con su hermosa mujer a la ciudad de México a disfrutar de su inmensa riqueza, la verdad nadie la supo. Muchos años después, un día en que un leñador buscaba palos o ramas secas, cerca de donde nace el arroyo de los cerezos, encuentra como dos tercios de leña desparramada sobre una peña grande. Los empieza a quitar uno a uno cargando su burro, poco a poco se vislumbra la entrada a una cueva. Se aventura a caminar a tientas en la oscuridad. El lugar era resbaladizo, impregnado con un olor penetrante a murciélago.

Caminó por vericuetos que parecían no tener fin y fue, cuando a la claridad de una luminaria que hizo, se quedó maravillado al ver un fabuloso tesoro, acumulado en cofres repletos de monedas de oro y joyas, cascos metálicos de soldados virreinales, espadas y trabucos regados por el suelo de la fría cueva. De pronto el leñador se quedó hipnotizado al ver sobresalir en un rincón, un reluciente Cristo romano grande de oro, recamado de piedras preciosas de gran valor, destacando los diamantes que a la luz de la antorcha iluminaba gran parte de la cueva. Al Cristo de oro le acompañaba una inscripción que rezaba así: El que logre sacar este tesoro, tiene que regresar el Cristo a Roma para poder disfrutar de él.

Pasmado e inmóvil por la sorpresa, atraído por el resplandor del Cristo, se quedó mucho tiempo contemplándolo. Al recobrarse de la impresión, corrió a la boca de la cueva, llenando dos costales con el tesoro, quedando en el suelo como cien cargas de monedas o más.

El leñador piensa en voz alta: imposible llevármelo todo, mañana volveré por el resto con la recua de mulas que me empreste Don Mariano. Pero al querer salir, como por un encantamiento, se cierra la boca de la cueva con un enorme peñasco, escuchándose en el fondo, la voz cavernosa de Juan Rentería, diciendo… ¡Toodoo o naadaa!

El hombre se puso pálido del susto. Comprendiendo que no podía llevarse en un solo viaje el fabuloso tesoro, vacía los dos costales con parte del botín de Juan Rentería. Al momento se vuelve a abrir la entrada de la cueva, quiere salir el leñador corriendo y apresuradamente se vuelve a cerrar la entrada haciendo un estrépito espantoso, resonando de nuevo la voz de Juan Rentería por las paredes de la caverna con airado acento: ¡Tooodooo o naaadaaa!

El pobre leñador no sabía que la cueva y parte del cerro, estaban encantados y como nadie se podía llevar el tesoro en un solo viaje, para poder salir de la cueva tenía que acrecentarlo, de otra manera, no se movía la roca que tapaba la entrada. El asustado leñador se ve precisado a vaciar lo que de dinero propio traía en los bolsillos. Al hacerlo, de inmediato se abre nuevamente la boca de la cueva y sale corriendo despavorido.

Varias veces regresó el leñador llevando la recua de don Mariano para cargar el tesoro, pero nunca más pudo encontrar la entrada a la cueva de la Poblana.
Ya no tanto, pero antes, era común ver subir a exploradores al cerro Cabrero con detectores de metal, horquetas sensibles que se cargan a donde hay monedas de oro. Por todos los rumbos han escarbado en el cerro, siempre buscando el tesoro de Juan Rentería sin encontrarlo.

Por: Ing. Ma. Soledad Ramírez Sandoval

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