Los frutos del paraíso | Por Omar González

Los recuerdos tienen la rotundidad del fuego. Como el Buenos Aires borgeano son tan “eternos como el agua o el aire”, y se vuelve a ellos con la intención de revivirlos. Una vuelta a la zona germinal para incendiar de nuevo ese rescoldo nunca consumido.

Eso debió pensar aquella tarde en su estancia don Bernardo Ruiz Portuondo, el memorioso sesentón que dilapidó fortuna pero no vida en el (in)sensato arte de vivir entre boxeadores, inventos varios y mudanzas todas; entre Venus de fuego y vértigo e inigualables compañeros de parranda como Radamés Vicario, “testigo insobornable de su tiempo”; el tiempo incendiario y rotundo que Bernardo Ruiz Portuondo buscó y huyó para buscar y huir de nuevo del cuerpo desquiciante de Laura Portales.

Editada en 2002 bajo el sello de Sudamericana del grupo Random House Mondadori, “Mandatos del Corazón” es el breve y avasallante relato que para el sello argentino firmó Héctor Aguilar Camín, el sólido narrador de alma caribe y vocación universal que lo mismo avanza por el extenso territorio de novelas como “El resplandor de la madera” o “La guerra de Galio”, que por la exquisita brevedad de unas “Historias conversadas” o las deslumbrantes cartas de relación de inevitable evocación cortesiana que se albergan en “La provincia pérdida”, ese libro que es lo mismo diario de viaje que parte de novedades de un amanuense cercado por descubrimientos cada vez más deslumbrantes.

Pero “Los mandatos del corazón son otra cosa”. Laura Portales es la evocación inequívoca de una pasión plenamente asumida en cuerpos incendiados al mínimo roce de otra piel, pero fallida en la hora de su perpetuación acaso porque en su primer incendio todo se ha consumido.

En el prolegómeno de una noche que se presume será de rumba y ron pero a la que ha de ser ajeno, don Bernardo Ruiz Portuondo —herido en su orgullo o deseando liberar el peso de un recuerdo— desgrana esa poliédrica relación que inició en la copa de un árbol y avanzó hasta un amanecer de muchos años después en que don Berna –personaje entrañable ya esas alturas del relato tanto en su suerte como en su infortunio— entiende, como Scott Fitzgerald, que las cosas son como son por más que se intente cambiarlas.

Hombre de cultura aceptable –en muchos sentidos casi un sibarita— Bernardo Ruiz Portuondo encarna a un simpático truhán que, pese a todo y contra todo, no abandona su casa pero tampoco las que un día fueron sus pulsiones adultas. Tiene clase y lo sabe, pero la suerte, esquiva con los truhanes de buena uva, se le resiste. Y justo cuando parece haberla alcanzado de la mano del arte de Fistiana, una mínima imagen lo contiene para evitar su consunción final.

Junto a él y por su causa, Doña Isaura de todas las mudanzas alcanzó la santidad que le depararon las sucesivas fundaciones de innumerables casas y Radamés Vicario pudo ejercer puntual e insobornable su vocación de testigo de los tiempos. Linda se perdió en la noche –como todas las Lindas hacen cada noche— y desplegó en cada una de ellas y en cuanta estancia pudo ser posible, todo el arte amatorio que habitaba su cuerpo inalcanzable. El coronel Romero persistió en su afán de “hacer obra de varón” vitalizado con pócimas, brebajes y vitaminas y los filósofos reflexionaron al estilo de Jean Paul (por Sartre) –para reinventar el mundo— y los escritores como “el joven Honorato” (por Balzac) conquistaron el mundo de las letras para fundar un imperio de títulos memorables.

Con las precisas palabras que conforman lo que suele llamarse novela corta, Héctor Aguilar Camín (Chetumal, Quintana Roo, 1946), construyó un grupo de personajes y una situación central labradas con la mejor de las artes: la conversación, el diálogo, la evocación memoriosa y cálida de un tiempo vivido a plenitud.

Recaer en los “Mandatos del corazón” quiere decir recaer en su lectura y su goce; en la presencia majestuosa en todos sentidos de Laura Portales y en la pulsión a un tiempo precisa y evanescente de Bernardo Ruiz Portuondo, padre dativo de sus lectores.

Es en el recuerdo de estos personajes que los “Mandatos del corazón” alcanzan la mayor de sus virtudes, la de volverse entrañables y crear así una necesidad: la de volver a llamar “a las puertas del castillo donde Laura Portales” erige su reino para que el corazón pronuncie sus mandatos insondables.

Si ha de ser cierto que el paraíso ha de ser una biblioteca como escribe Jorge Luis Borges en el “Poema de los dones”, “Mandatos del corazón” es uno de los apetecibles frutos que en todo paraíso debe haber y Laura Portales y Bernardo Ruiz Portuondo sus admirables vigías, centinelas en trance de perpetuidad del mejor de los mundos: el de la literatura (Héctor Aguilar Camín, Mandatos del corazón, Buenos Aires, 2002, 94 pp.).

 

Omar González

El autor es profesor de Historia del derecho y lector irredento.

@Pagina23Anaquel

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