No, no ha muerto la novela | Por Omar González

 AFP PHOTO/Ronaldo SCHEMIDT

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Porque la historia de hoy no sería la de mañana.

Carlos Fuentes, Federico en su balcón.

  

En julio de 1992, ante la audiencia reunida durante los cursos de verano de la Universidad Complutense en Madrid, Carlos Fuentes (1928-2012) señalaba que había empezado publicar libros en 1954 y continuamente escuchaba “unas ominosas palabras: ‘La novela ha muerto’”. (Fuentes, 1993:9).

En 1954 Fuentes publicaba su primer libro: “Los días enmascarados”, un tomo de seis cuentos –Chac Mool, uno de los más conocidos—y preparaba ya las muchas novelas que lo consagrarían: “La región más transparente” (1958); “Las buenas conciencias” (1959) o “La muerte de Artemio Cruz” (1962). Aquella sentencia lapidaria que en 1992 el escritor recordaba era un arma arrojadiza sobre el talento de una generación de latinoamericanos brillantes, puntuales descubridores de novedades bajo la tutela del aparato ideado por Gutenberg y a los que la historia conocería como los autores del “boom”.

Hacia la mitad de aquel ecuador temporal del siglo XX, formas de comunicación hoy ya poco novedosas se enseñoreaban en el mundo: la radio, la televisión, las precarias conexiones interoceánicas lentas y plenas de interferencias. A ese mundo hertziano y cinescópico, le acompañaban los periódicos, los diarios que contaban la historia del día que había sido y que todavía era la noticia de aquél si bien en estricto sentido refería la historia del anterior; el ayer que había pasado y el mañana que no llegaba, si es permisible forzar la expresión de Quevedo. Ahí estaban entonces las novedades, esto es, el germen de la novela, ésa, la que le advirtieron a Fuentes y a muchos, moriría irremediablemente, víctima de una inmediatez que hoy y siempre ha sido relativa.

Era esa inmediatez relativa, atrasada novedad informativa, la que permitía a los habitantes de mediados del siglo pasado –y a los de los actual también— suponer que podían asumirse como entes “supremamente bien informados, sin necesidad de un esfuerzo añadido (…). [En tanto que] La información nos llega. No necesitamos buscarla. Muchos menos crearla (…) era cierto que nunca habíamos estado mejor informados, mejor comunicados (…) instantáneamente relacionados [pero] nunca tampoco nos habíamos sentido tan incompletos, tan apremiados, tan solos y, paradójicamente, más ayunos de información” (Ibídem: 10).

Fuentes, ya se ha dicho, hablaba en 1992 y de 1992, año del quinto centenario del descubrimiento de América; pero hablaba también de un tiempo más lejano, del de los atesorados recuerdos familiares. De su abuelo tomando la mano del padre de Fuentes, cubriéndose del sol en los muelles de Veracruz, esperando el paquebote portador del último eslabón de las novedades, esto es, las novelas, los cuentos y relatos que venían del otro lado del mundo. Pero… ¿acaso Fuentes no hablaba también del siglo que vendría?

Narrador y oráculo natural, Carlos Fuentes hablaba de un futuro aun por venir, del mismo modo que Julio Verne hablaría en su momento de una noticia del futuro: los viajes espaciales. Acaso en su “¿Ha muerto la novela?” ¿No vislumbra ya admonitoriamente este siglo de internet, redes sociales, periódicos en línea, portales de noticias, páginas personales en que todos nos sentimos “supremamente bien informados” sobre música, actores o películas? ¿Sobre los libros y sus autores? ¿Sobre los poetas y sus obras? ¿Sobre los políticos y los intelectuales?; ¿sobre los hechos y sucesos del inasible minuto que pasa tan solo porque se tiene acceso parcial o total a las ediciones de The New York Times, Der Spiegel, Le Figaro, El País, El Universal, La Jornada, Excélsior, El Mercurio, Clarín, ABC o Página/12?

¿Qué acaso no hay un sentimiento –falso por lo demás— porque alguien –el periodista famoso, el escritor laureado, el iconoclasta de moda o el anónimo antifaz de bytes y silicio— dice “algo” que quiere atraer, que busca seducir, que pretende informar? ¿Qué acaso no se es contemporáneo del anónimo –y anónimos nosotros mismos— ante la efímera posibilidad de “existir al mismo tiempo” como se lee en “Federico en su balcón”? (p.80).

El misterio laico de la permanencia de la novela por encima de todas las cosas está en la vigencia de “La lengua… [En] la oralidad, [en] el ¿te acuerdas?” que sigue vivo “entre dos riberas: una es la memoria, la otra es la imaginación. El que recuerda, imagina. El que imagina, recuerda. El puente entre las dos riberas se llama lengua oral o escrita” (Fuentes, 2011:9). Y sobre ese puente transitan, por ejemplo  “Los Años con Laura Díaz” donde Fuentes recupera las memorias, leyendas, dichos, vivencias de una historia oral sobre una familia, la suya, fundada en Veracruz a principios del siglo XX (Fuentes, 1999).

Fuentes creía que existía una novela “potencial que aún aguarda ser escrita entre nosotros”. Tenía razón. Mientras ese tiempo llega: “Se escribirán novelas y ninguna novedad técnica o divertida cambiará esta necesidad y este goce vitales, anteriores a todo marco ideológico o tecnocrático. De allí la fuerza, la molestia, de allí el goce que se llama ‘novela’ (Fuentes, 2011: 439). No, no ha muerto la novela ni tampoco las novedades que recrea; por más “supremamente informados” que creamos estar la novela seguirá cumpliendo su función y contando las novedades de su tiempo. El tiempo de Gutenberg se ha modificado, pero no concluirá. No, no ha muerto la novela.

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Bibliografía:

Carlos Fuentes, Geografía de la novela, FCE, 1993.

——————–, Los años con Laura Díaz, Alfaguara, 1999.

——————–, La gran novela latinoamericana, Alfaguara, 2011.

——————–, Federico en su balcón, Alfaguara, 2012.

 

Omar González

El autor es profesor de Historia del derecho y lector irredento.

@Pagina23Anaquel

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