Nostalgia por el pasado | Por Omar González

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Ustedes sabrán disculpar el mal rato pero esta es una columna que se alimenta de nostalgia por el pasado. Ya verán porqué.

Antes, cuando la novena década del siglo pasado no doblaba aún su ecuador las personas normales teníamos un horario de trabajo y en función de éste, hábitos más o menos civilizados. Y antes de ese tiempo, era aún más civilizado el asunto.  Había entonces una hora de entrada al trabajo y otra de salida; la gente iba a comer a su casa o bien salía luego de una jornada continua lista ya para sentarse a la mesa, repasar un diario vespertino y preguntar si no había postre.

Nunca faltó, claro está quien no iba a su casa y sí a la cantina. Y en las cantinas servían unos caldos de Dios guarde la hora, los mismos que el personaje de marras, digamos un individuo de clase social por encima del peldaño de los Godínez de este siglo, deglutía con fruición a la de una, a la de dos y a la de tres o más de tres cervezas. Cosa de hábitos y carteras.

Así, “…la de barril es Corona” decía la voz comercial de la famosa cerveza en cuestión. Y Superior era la rubia que todos querían si de preferencia eran Amadee Chabot, Gina Romand o Claudia islas. No digan que no les avisé: está es una columneja inundada de nostalgia por el pasado.

En ese tiempo lejano y casi antropozoico las personas, por ejemplo,  se escribían cartas, se mandaban postales a color si andaban de viaje y si surgía algún contratiempo mayor un telegrama urgente: “Testamento abierto (Stop). Vuelve sin demora (Stop). Ahora eres millonario (Fin)”.

Recuerdo con cierta frecuencia las cartas que enviaba doña Lucinda, mujer trotamundos e incansable que gracias a sus hijos conoció, según mis cálculos, media Europa y media Sudamérica. Lo que bien visto es medio mundo o algo así por donde lo quieran ver.

La supongo metiendo al buzón cartas con timbres y matasellos desde París, Madrid, Versalles, Milán, Roma, Viena y muchos lugares más.

La recuerdo también por otros lares tomando lecheros y bombas con mantequilla. Valida o no de un bastón caminó miles de calles por medio mundo. Su fina calígrafa labrada a golpe de pluma fuente en delgados pliegos de papel cebolla llegaba periódicamente. ¿Era aquello una fiesta? Es probable.

Y digo que es probable porque en la sobremesa uno podía viajar con doña Lucinda por la Plaza de San Marcos o visitar el Vaticano o el Louvre  o escuchar las notas del famoso concierto de Año Nuevo en Viena. Sí, ese donde nunca falta la Marcha Radetzki compuesta por Johann Strauss, sí, el padre, bajo la conducción de Herbert Von Karajan.

Esas cartas y muchas cosas más cedieron el paso ante el tiempo. Me habría gustado conservarlas como prueba de que no sé qué cosa, pero conservarlas. Ignoro dónde fueron a parar y tampoco preguntaré; no me gusta escuchar que el pasado se fuga envuelto en las llamas de una forzada desmemoria.

Hoy, difícilmente alguien escribe cartas en sentido estricto. Si Cortés, el célebre autor de las Cartas de Relación viviera Whatsapp tuviera y así le habría dicho al monarca que acababa de descubrir nuevas tierras y que estas eran suyas pues él era no más que su vasallo y en su nombre había fundado un Ayuntamiento, mandando de paso a volar al no muy gentil Diego de Velázquez, gobernador de la isla que entonces y ahora se llamaba Cuba.

En fin, o en fon como dice Gil Gamés en Milenio: La gente ya no escribe cartas de ninguna índole. La cerveza de barril es una reliquia o casi y la rubia que todos quisimos alguna vez ya no aparece en ningún comercial. De Sonora a Yucatán nadie usa ya sombreros Tardan aunque cuanto todavía sea cierto que “si es Bayer es bueno” pero nadie recuerda a Humberto G. Tamayo, autor y voz comercial de la frase, y que tampoco Jorge Labardini presente los “Domingos Herdez” ni León Michael conduzca por las noches un programa de variedades ni Marina Isolda ni Ignacio Martínez Carpinteiro –que era algo así como el doble de Adolfo López Mateos— lean las noticias a través de la televisión ni existe más 24 Horas ni nadie dice ya: “…Anoche Jacobo dijo que…”.

Se los dije: Esta columna está llena de nostalgia por el pasado: De las cartas y las postales de doña Lucinda desde Europa y de ella misma oyendo un danzón en una Plaza de Armas que hoy no reconocería. Y  por supuesto de la sobremesa donde se contaban estas cosas. ¿Exceso de nostalgia por el pasado? ¿Cursi? Sí y qué habría dicho Agustín Lara… Y a otra cosa, que la vida se estanca o sigue, envuelta, eso sí, en esa nostalgia por el pasado devorada por las llamas de una forzada desmemoria.

 

-Omar González

El autor es profesor de Historia del derecho y lector irredento.

@Pagina23Anaquel

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