Para empezar | Por Cecilia Durán Mena

Los últimos días del año sirven para entrar en ese tiempo de reflexión que nos lleva a observarnos. Tendemos la mirada al pasado y evaluamos. Contamos las cosas que se quedaron en la imaginación, aprisionadas en el tintero, encarceladas en el lo haré después. Echamos un ojo a lo que sí hicimos y medimos cuales fueron las consecuencias de nuestro actuar. Agrupamos en conjuntos lo que salió mal, lo que resultó regular y lo que francamente fue espectacularmente bien. Saldamos nuestras cuentas con el año viejo y miramos al futuro próximo que está por empezar.

¿Empezar, qué es empezar? Tal vez el primer paso sea reflexionar sobre ese significado. Leila Guerrero nos plantea dos preguntas: ¿qué es un fin? Y ¿qué es un principio? Decir que algo se acabó es poner un punto definitivo, es encontrar que el camino no ofrece posibilidades para seguir adelante, que las hojas del libro ya no tienen nada escrito, que, en definitiva, damos carpetazo a un asunto, un periodo, un hábito, una relación, una etapa, una temporada. Marcar finales es más fácil cuando se trata de un tiempo. El año se acaba el treinta y uno de diciembre y ya está. Lo demás, resulta complicado.

Iniciar es inaugurar algo, claro que definir el momento en que algo arranca tampoco es tan sencillo. Definir el momento en que empezaste a querer a alguien o que una idea se apoderó de nuestras mentes, determinar el instante en que un plan empezó a tomar forma o que un propósito se empezó a gestar, incluso, precisar cuándo fue que le abrimos la puerta a una mala ocurrencia o que nos dejamos habitar por un sentimiento poco noble es igual de sencillo que encontrar esa aguja que nos dijeron, se perdió en el pajar.

Donde unos ven un principio otros reconocen un final. Principio y fin, alfa y omega, primero y último, son conceptos que se funden. Sin embargo, el texto de Job nos dice: No importa que tan insignificante sea el principio, el final aumentará sobremanera. (8:7). En esta época, queda reflexionar las veces que hemos querido empezar algo. Seguramente nos toparemos con innumerables ocasiones que se nos vienen a la mente. Pareciera que tuviéramos sembrado la simiente de la eternidad en el corazón.

Nos parece que empezar es esa oportunidad que siempre nos acompaña, es la encrucijada de dar el primer paso y fijar dirección. Empezar es algo similar a habitar una casa nueva. Al abrir la puerta, percibimos ese aroma a vacío, ese olor seco que deja el aire que aún no ha sido respirado. Es el gusto por elegir aquello con lo que vamos a habitar ese espacio: desde lo más sencillo y cotidiano como un cepillo de dientes hasta lo más sofisticado como los adornos que vamos a fijar en las paredes tan blancas.

Para empezar, no siempre se llega con las manos vacías. Conforme avanzamos los días de la vida, cada vez tenemos más llenos los brazos y la mente. Entonces, verificar qué de aquello que nos ocupa el espíritu y el cuerpo nos es útil y qué significa un peso muerto, resulta una buena práctica. Soltar. Dejar ir lo que no nos va a ser una buena compañía. Y, lo contrario, también aplica. Rebuscar aquello que dejamos ir hace tanto tiempo y que hoy sabemos nos es indispensable.

Reflexionar.

Los últimos días de diciembre nos pueden servir para prepararnos a un buen inicio. Repasar y repensar. Dejar atrás el peso sobrante es una buena forma de ganarlo todo, volver al punto en donde comienza todo y recuperar lo esencial, también. Claro, para empezar en serio, hace falta un ingrediente fundamental: valor para evaluar. Es más fácil cuando se trata de tiempo: ahí está listo el primero de enero y todas esas hojas nuevecitas del calendario que nos esperan para ser utilizadas.

 

-Cecilia Durán Mena

@CecyDuranMena

#LasVentanasDeCeciliaDuran

Déjanos tu comentario

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.